viernes, 8 de agosto de 2014

X

Franklin saluda, ya desde la lejanía, a Cristock con su habitual y empalagosa energía. Cristock le devuelve amistosamente el saludo a su socio, quien le cuenta que acaba de llegar del otro lado del mundo. Doce horas de avión con el Sol del atardecer pegándole en un lado de la cara durante todo el viaje. Y es que el avión iba “tan rápido como el Sol”, así que éste no paró de broncear su rostro hasta que se ocultó por fin tras el horizonte al tomar el avión tierra doce horas más tarde... —¿Pero no había persianas en ese avión? — Franklin siguió hablando sin escuchar la pregunta de su compañero…

Franklin era una de esas personas tan enérgicas que cuesta imaginarlas durmiendo por las noches. Igual que un tiburón, se moriría si dejase de nadar. Cristock en cambio es más como un delfín; por muy mayor que se haga, sus necesidades de jugar y experimentar siguen siendo las de un niño.

Los dos socios se van a tomar algo a la cafetería del observatorio, que a esas horas, las 10:00 p.m., estaba aún muy concurrida; nada que ver con las tardías horas del turno de Cristock, cuando todo el edificio está casi totalmente vacío. En la cafetería, Franklin le preguntó a Cristock por su nuevo descubrimiento. Durante unas décimas de segundo un sudor frío recorrió su espalda, pero si algo caracteriza a Cristock es su frialdad ante circunstancias imprevistas, así que su cara de póker permaneció impasible ante el comentario y reaccionó inmediatamente con absoluta serenidad a lo que le estaba preguntando. —Lo sé, una nebulosa no es gran cosa…— Lo dice con un tono rimbombante. —Pero algún día descubriré algo realmente importante. Lo presiento.— Inmediatamente Cristock se arrepiente de lo que acaba de decir. —Seré bocazas…¡!—, piensa. Lo intentó difuminar diciendo que con el Gigante de arriba todo era posible. Cristock señaló al techo de la cafetería, pues sobre sus cabezas se encontraba la Lente, bostezando ya, preparada para una nueva noche de duro trabajo.

Cristock retoma el tema de la nebulosa y le comenta sus mundanas dudas sobre el nombre que le va a poner; si el de su mujer o el de su hija. Aunque por supuesto esa cuestión ya no le interesaba en absoluto. Y es que la nebulosa, a pesar de ser realmente espectacular, debía dejar paso a un tema mucho más importante, el tema por excelencia y que mantenía a Cristock en un estado constante de muerto viviente. Un zombi astrónomo que no buscaba comer cerebros pero sí que el dichoso asunto le estaba comiendo el suyo propio...


Precisamente por eso, a penas podía Franklin mantener una conversación fluida con su compañero. La mirada de Cristock parecía atender vagamente a lo que Franklin le contaba, pues en realidad su mente no abandonaba Tierra 2 en ningún momento. Tan sólo las salpicadas preguntas que Franklin le hacía lo despertaban de vez en cuando de su letargo. El dicharachero compañero hace notar a Cristock que no le está prestando atención, y se lo hace notar a su manera o sea diciéndoselo claramente a la cara. Cristock le pide perdón y pone como excusa el cansancio acumulado por tener que acostarse al amanecer durante varias semanas seguidas, además de otros asuntos. … De pronto Franklin le pregunta por los neandertales ¡¿?!

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