lunes, 17 de octubre de 2016

XXIII

LA LENTE ESPÍA
Capítulo 4


—¡Bla, bla, bla, bla…! Estamos de vacaciones. ¿¡Qué más quieres?!— En un abrir y cerrar de ojos, la familia Earl ya estaba en España, en la ciudad gallega de Carril para ser exactos. Había sido todo muy rápido, sin preparación, sin explicaciones… Pero Eleanor no estaba convencida con las escuetas respuestas de Cristock cuando le preguntaba sobre su proyecto en España. Él le quitaba hierro al asunto constantemente, pero a su mujer no le cuadraba esa indiferencia con el arrojo que mostraba por el viaje en sí. Cristock cometió el error de dejarse llevar por su ilusión de descubrir si Tierra 1 y Tierra 2 eran la misma Tierra, pero a Eleanor tan sólo le comentaba que iba a realizar un rutinario trabajo de geología. Que pretendía descubrir el parecido de nuestro planeta con el de otros en sistemas solares afines. —Ya sabes que no me gusta hablar de cosas que aún no tengo claras, ¡eso es todo! Esto no es más que una excusa para irnos de viaje. ¡Eso es lo que me hace ilusión!— Y Cristock sonríe; su boca sonríe, pero sus ojos no.

Los tres extranjeros se hospedaron en una casa rural a las afueras de Carril. A pesar de la desconfianza que produciría, Cristock no pudo esperar ni una hora más para salir a realizar sus "trabajos geológicos". Dejó a Eleanor y a Abby descansando en el paradisiaco hospedaje. —Tengo una cita con un ingeniero geólogo local. Luego nos vemos.— Se dirigió a la estación de tren, pero evidentemente no había quedado con nadie más que con sus cada vez más obsesivos pensamientos.

Una vez allí, se dispuso a caminar tras esa estela metálica que son los antiguos raíles del tren. Armado con un GPS, recorrió un largo trecho que se le hizo interminable aún a pesar de lo relajante del paisaje. Las pisadas de los zapatos de Cristock en contacto con la arena colindante a las vías del tren, se hacían cada vez más redundantes hasta el punto de no ser escuchadas. Acompañando a éstas: los pitidos de su aparato GPS, muy parecidos al SONAR de los submarinos, que eran intermitentes y espaciados, lo que ayudaban a convertir la caminata en todo un sedante anti estrés. —Ojalá mis tranquilizantes hubieran funcionado igual de bien en el vuelo...— Se trataba ésta de una vía muy antigua, casi en desuso, y por tanto muy poco frecuentada; apenas un escandaloso tren había interrumpido la soledad de este desierto gallego en las dos horas que Cristock llevaba caminando.

El GPS emitía ahora pitidos más continuados. —Ya estamos cerca.— Llegó al punto exacto según las coordenadas exportadas de la imagen satelital, en relación directa con la imagen de Tierra 2. Un metro cuadrado situado justo en medio de los raíles. —Será posible que bajo esta superficie se encuentre el mayor misterio de la humanidad... ¿?— Antes de lanzarse a escarbar en la tierra, se paró un instante a reflexionar, cual niño que observa su helado antes de hincarle el diente, como concienciándose de que es real... Por fin se acercó al metro cuadrado y empezó a rascar el suelo con el zapato. Cuando se cansó de no ver nada interesante, se agachó y hurgó poco a poco con una piedra. Poco después se emocionó y ya estaba excavando un pequeño agujero entre las traviesas de madera.

Ya habían pasado más de dos horas desde que pasara el anterior tren, y ahora Cristock escuchaba y sentía las vibraciones de un nuevo tren acercándose. Antes de verlo aparecer por la curva, se escondió tras un arbusto. De esta forma evitaba posibles especulaciones que acabaran arruinando su secreta investigación; pues un hombre haciendo hoyos en las vías del tren, o tan sólo caminando por ellas, tan lejos de la civilización, no sería más que una diana para los cotilleos de conductores y pasajeros en la locomotora.

Terminado el ajetreo, Cristock volvió a la carga. Cogió una pequeña tabla de madera que estaba tirada cerca del arbusto. Parecía una pala hecha a medida, perfecta; o casi... La apoyó en la vía y le partió un trozo, para hacerla más manejable. —Ahora sí es perfecta.— Excavó con más velocidad y más cómodamente, hasta que se cansó y tuvo que dejarlo. —Parece que se está poniendo el Sol.— En realidad todavía quedaban horas de luz, pero el cansancio le intimaba a mentalizarse de que era ya muy tarde, para no decepcionarse a sí mismo de su poca deportividad.


Con la luz de la tarde, a Cristock le pareció ver la forma del rostro cadáver de un duende en el agujero. —Será un espejismo...— Tiró la tabla al suelo, bien lejos del hoyo y se volvió a girar hacia el agujero. —¿O será real…?— Se acercó lentamente al agujero, se agachó levemente para verlo mejor. La luz rojiza del atardecer le daba un aspecto aterrador a lo que parecía ser… —Nada, una ilusión.—

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