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viernes, 22 de agosto de 2014

VIII

LA LENTE ESPÍA
Capítulo 2

Todo este asunto estaba resultando muy obsesivo y hasta paranoico. Cristock comprobó, a grosso modo, que el ordenador no cometía ningún error. —Pero qué tontería... Claro que no es problema de la máquina, ni de la Lente. Ni de nada.— Por supuesto una computadora no podía inventarse semejante historia en imágenes. Y el completo sistema solar que Cristock observó al alejar todavía más el cuadro, tampoco podía tratarse de ningún fallo tecnológico.

—A ver si lo he entendido... Estoy mirando cara a cara a un sistema planetario exactamente igual al mío, con mi propio planeta Tierra como protagonista, y situado a casi 17.000 años luz de distancia. Lo que significa que la caza del mamut ha sucedido hace unos 17.000 años.— Se quedó un rato pensando. Buscó en Internet información sobre los mamuts y los Neandertales, y comprobó que pertenecen a un pasado anterior a 17.000 años. Entonces se le ocurrió una extravagancia de las suyas... —Lo único que tendría sentido en todo este asunto, sería que hubiera un gigantesco espejo al otro lado de la galaxia y que éste estuviera dirigido directamente hacia nosotros. Así, nuestro reflejo en dicho espejo tardaría el doble de tiempo, o sea unos 33.000 años luz de distancia. Y hace 33 milenios... sí había Neandertales; y mamuts.— Aún a pesar de lo absurdo que resultaba pensar en un espejo de semejantes dimensiones situado en medio de la nada, parecía que la idea también encajaba con la cuestión de los tamaños de todos los astros, como bien pudo comprobar Cristock ipso facto: Tierra 2 y su sol eran exactamente la mitad del tamaño que los nuestros, y eso es justo lo que sucede en el reflejo de un espejo en cuanto a proporciones.


—Pero no, no es posible tal cosa… Qué estupidez ¡!— Pero en el fondo, Cristock sabía que la propia base de toda esta historia no tenía ni pies ni cabeza, así pues, la idea de un espejo enorme flotando por el espacio no tendría porqué ser nada del otro mundo.......

viernes, 15 de agosto de 2014

IX

Cansado de filosofar, Cristock se propuso volver con la cacería del mamut, pero ya era tarde. El señor Telescopio avisaba de la salida del Sol y debía cerrarse y apagarse por completo para su descanso diurno. Él, en su condición de robot, permanecía totalmente ajeno a lo grandioso del descubrimiento de su colega humano, y por eso descansará merecidamente y sin ninguna dificultad tras una larga noche de trabajo duro.

La Lente Espía se apaga. Habrá que esperar hasta mañana a últimas horas de la noche para poder seguir investigando la vida de aquellos Neandertales. —Espero no pasarme las 3 horas que tengo buscándolos. No creo que tengan sus cabañas, o sus cuevas, muy lejos de aquel descampado. Cruzaré los dedos hasta entonces.— Y echó la mano a su petaca, sin darse cuenta que ya había acabado con el whisky de un trago hacía un rato. —Bueno, mejor que me vaya a casa. Buenas noches.— Se despidió de su ultra tecnológico amigo y se fue a dormir, o al menos a intentarlo.

Mientras se dirigía a su casa, fue observando a su alrededor casi constantemente. Desde las desérticas instalaciones del observatorio, hasta la llegada a la tranquila urbanización donde vive con su mujer e hija, pasando por el relajante camino en coche que une ambos puntos. No podía pensar en otra cosa. —Esto es demasiado extraño.— Se repetía a sí mismo una y otra vez. Realmente creía que debía haber alguien o algo detrás de todo esto.

A la mañana siguiente, se dirigió temprano (al atardecer) hacia el observatorio; sabía que no podría usar la Lente hasta el final de la noche, pero ¿qué iba a hacer si no? Necesitaba estar cerca de Él, como si se lo pudieran arrebatar al más mínimo despiste; cosa que no podría haber ocurrido de ninguna manera pues los turnos ya estaban preestablecidos con bastante antelación y sólo podían ser cancelados o movidos previo comunicado y consiguientes papeleos; burocracias de las que Cristock, por cierto, tenía la suerte de poder librarse muchas veces por su condición de "observador privilegiado". Es lo que conlleva ser uno de los creadores de la Lente Espía...

Pero la suerte no le iba a acompañar ese día a Cristock. Precisamente uno de los otros dos artífices del Aparato, el señor August Franklin, había llegado de visita para vigilar, o al menos simular que supervisaba, el Gigante de los telescopios. —¡Qué hace Franklin aquí, precisamente hoy!— Pensaba Cristock al ver a su compañero y mayor accionista de la F.E.G. Gracias a él y a sus dotes comerciales y de oratoria, así como a su enorme capital económico y sus poderosos contactos por todo el mundo, se había logrado lo que siempre había parecido imposible: crear el telescopio más grande jamás creado por el hombre.

Pero Franklin, como todo hombre de negocios, era una persona impaciente e impulsiva. Y desde luego Cristock no pensaba contarle ni una palabra de su nuevo descubrimiento, de lo contrario tendría que ceder el relevo inmediatamente, cosa que no iba a permitir bajo ningún concepto. Un pensamiento egoísta, sí, pues en realidad se avanzaría muchísimo más deprisa si Cristock se echase a un lado. No porque él no estuviera capacitado, ya que era uno de los más cualificados astrónomos de su generación, sino porque se contaría con un mayor equipo humano, y además el Telescopio trabajaría por supuesto durante todo su tiempo de actividad nocturna en exclusiva para dicha investigación.


Pero todo eso a Cristock le importaba poco; era su descubrimiento y lo seguiría siendo hasta que al menos llegase a una conclusión; ni Franklin ni nadie se lo iba a impedir. Y por cierto... ¿Qué hace Franklin aquí? ¡Precisamente hoy!

viernes, 8 de agosto de 2014

X

Franklin saluda, ya desde la lejanía, a Cristock con su habitual y empalagosa energía. Cristock le devuelve amistosamente el saludo a su socio, quien le cuenta que acaba de llegar del otro lado del mundo. Doce horas de avión con el Sol del atardecer pegándole en un lado de la cara durante todo el viaje. Y es que el avión iba “tan rápido como el Sol”, así que éste no paró de broncear su rostro hasta que se ocultó por fin tras el horizonte al tomar el avión tierra doce horas más tarde... —¿Pero no había persianas en ese avión? — Franklin siguió hablando sin escuchar la pregunta de su compañero…

Franklin era una de esas personas tan enérgicas que cuesta imaginarlas durmiendo por las noches. Igual que un tiburón, se moriría si dejase de nadar. Cristock en cambio es más como un delfín; por muy mayor que se haga, sus necesidades de jugar y experimentar siguen siendo las de un niño.

Los dos socios se van a tomar algo a la cafetería del observatorio, que a esas horas, las 10:00 p.m., estaba aún muy concurrida; nada que ver con las tardías horas del turno de Cristock, cuando todo el edificio está casi totalmente vacío. En la cafetería, Franklin le preguntó a Cristock por su nuevo descubrimiento. Durante unas décimas de segundo un sudor frío recorrió su espalda, pero si algo caracteriza a Cristock es su frialdad ante circunstancias imprevistas, así que su cara de póker permaneció impasible ante el comentario y reaccionó inmediatamente con absoluta serenidad a lo que le estaba preguntando. —Lo sé, una nebulosa no es gran cosa…— Lo dice con un tono rimbombante. —Pero algún día descubriré algo realmente importante. Lo presiento.— Inmediatamente Cristock se arrepiente de lo que acaba de decir. —Seré bocazas…¡!—, piensa. Lo intentó difuminar diciendo que con el Gigante de arriba todo era posible. Cristock señaló al techo de la cafetería, pues sobre sus cabezas se encontraba la Lente, bostezando ya, preparada para una nueva noche de duro trabajo.

Cristock retoma el tema de la nebulosa y le comenta sus mundanas dudas sobre el nombre que le va a poner; si el de su mujer o el de su hija. Aunque por supuesto esa cuestión ya no le interesaba en absoluto. Y es que la nebulosa, a pesar de ser realmente espectacular, debía dejar paso a un tema mucho más importante, el tema por excelencia y que mantenía a Cristock en un estado constante de muerto viviente. Un zombi astrónomo que no buscaba comer cerebros pero sí que el dichoso asunto le estaba comiendo el suyo propio...


Precisamente por eso, a penas podía Franklin mantener una conversación fluida con su compañero. La mirada de Cristock parecía atender vagamente a lo que Franklin le contaba, pues en realidad su mente no abandonaba Tierra 2 en ningún momento. Tan sólo las salpicadas preguntas que Franklin le hacía lo despertaban de vez en cuando de su letargo. El dicharachero compañero hace notar a Cristock que no le está prestando atención, y se lo hace notar a su manera o sea diciéndoselo claramente a la cara. Cristock le pide perdón y pone como excusa el cansancio acumulado por tener que acostarse al amanecer durante varias semanas seguidas, además de otros asuntos. … De pronto Franklin le pregunta por los neandertales ¡¿?!

viernes, 1 de agosto de 2014

XI

Cristock sabía que hablaba del libro que había estado intentando ocultar todo el tiempo, pero debía disimular su pleno interés sobre el tema. —Ah, sí… Cosas de mi hija Abbey.— No obstante también reconoció, entre risas (interpretativas), que a él también le parecía un tema interesante… Franklin le cogió el libro, en el que, a pesar de estar mezclado entre los demás documentos y carpetas de Cristock, se podía leer el título en su lateral. Cris, como le llamaba su compañero, declaró su interés en algunos temas escolares que durante su etapa colegial a penas le importaban. —Ya sabes, basta que te obliguen a estudiarlo para que deje de interesarte. ¿No te ocurría a ti lo mismo?— Franklin ojeaba el libro, sin mucho interés, tan sólo por curiosear. Mientras, Cristock se preguntaba si este momento no acabaría siendo un problema para el futuro, ya que tarde o temprano todo el mundo acabaría enterándose del famoso descubrimiento. Y cuando ello ocurriese cobraría Franklin consciencia del falso momento que estaba viviendo en este preciso instante. —¿Por qué no habré escondido bien el libro entre los demás papeles...?—, cavilaba Cristock. Seguía dándole vueltas al tema, pues detestaba las mentiras, por pequeñas o piadosas que éstas fueran. Ahora por tanto se sentía a sí mismo inevitablemente detestado.

Cristock empezaba a preguntarse hasta cuándo se quedaría Franklin en el observatorio, así que terminó preguntándoselo. Cuál fue su sorpresa al enterarse que pretendía quedarse —¿Durante mi sesión en la Lente…?—, pregunta Cristock, y Franklin asiente mientras le da un mordisco a su bizcocho. El científico hizo entonces un cálculo aproximado de las horas que Franklin llevaba despierto, auto convenciéndose de que quizás acabaría desistiendo y marchando a su apartamento antes incluso de que llegara su turno en el Telescopio. Y realmente era difícil que pudiera mantenerse despierto durante tanto tiempo y sin descanso, incluso para un hombre tan activo como él. Era imposible... Pero entonces, Franklin, dijo algo que escandalizaría a Cristock interiormente. —¿Qué vas a descansar un rato? ¡…!— Exacto, y luego volvería con las pilas recargadas, más si cabe, para acompañar a su amigo en su “aburridísimo trabajo”, decía. Se levantó de su silla y Cristock lo detuvo con impaciencia, pero Franklin nunca da el brazo a torcer. —Como quieras…— El bueno de Cris, como también le llamaba su colega, tenía tanto miedo a que pensara que ocultaba algo, que no insistió en rechazar su compañía. Así pues, su fingida falta de insistencia, unida a los decididos planes de Franklin, terminarían en lo que parecía inevitable.


Franklin se marchó y Cristock se sentó de nuevo ante su almuerzo. Fruto de la inercia, una sonrisa se mantuvo en su cara durante casi medio minuto, el tiempo que necesitó para mentalizarse de que ya estaba solo de nuevo pero, ¿por cuánto tiempo?

viernes, 25 de julio de 2014

XII

Unas horas más tarde, Cristock se puso por fin a los mandos de su Gigante. Franklin aún no había llegado, pero quizás lo hiciera de un momento a otro, así que debería centrarse hoy en su antigua nebulosa, no vaya a ser… —No. ¡Qué diablos! No. No puedo pasarme toda una jornada, ¡con lo cortas que son!, sin averiguar algo nuevo sobre Tierra 2. No puedo. ¡No quiero!— Así que cogió Cristock su memoria portátil y la introdujo en la computadora del Telescopio. Éste se puso en marcha automáticamente a la búsqueda del misterioso sistema solar. Ese tiempo lo empleó Cristock para pensar qué podía hacer en cuanto Franklin apareciese por la puerta. Debía discurrir algún plan, ¿pero cuál? … El caso es que la pantalla ya mostraba Tierra 2 y Cristock seguía sin plan alguno, pero dejó de importarle de inmediato; lo que estaba viendo era de tal majestuosidad que no podía pensar en otra cosa y, como hipnotizado por aquello, continuó en dónde lo había dejado el día anterior, sin más dilación.

Acercó el plano hasta el punto exacto donde había sucedido la caza del mamut. Evidentemente ya no había ni mamut ni neandertales, pero sí había el rastro que habían dejado los homínidos al arrastrar el paquidermo por el suelo. Lo arrastraron a lo largo de toda la pradera, y Cristock siguió el rastro con impaciencia. —La de horas que les habrá llevado arrastrar el animal por todo el campo. ... Habría sido un espectáculo impresionante, lleno de información sobre esta especie de humanos desaparecidos. Tendría que haberlo grabado...— Al llegar a la frondosidad del bosque, se perdió el rastro. Aun así, llevado por su intuición, siguió tras la pista de la tribu. En algún lugar cercano tendrían que tener su guarida; quizás en una cueva, o en chozas de madera... —O al menos eso dice el libro.— Cristock abrió su libro de los neandertales y le echó un vistazo a la página que hablaba sobre los tipos de viviendas que se construían en aquellos tiempos. Sin quitarle ojo al libro, vigila constantemente la pantalla del Telescopio mientras éste se desplaza automáticamente por el bosque. En un momento de despiste, concentrado en unos dibujos del libro, le parece haber visto algo en la pantalla; quizás la dichosa cabaña. Deja el libro y retrocede el movimiento del Telescopio. —Eh... Sí, es una cabaña. ¡Es una cabaña! Pero...— No era una cabaña como la de los dibujos del libro, ni mucho menos.

Aquella vivienda no parecía en absoluto una construcción neandertal. Estaba construida en un pequeño descampado artificial, en medio del bosque. Y artificial también era la palabra que mejor definía la propia construcción. Desde luego construida con maquinaria o al menos herramientas y técnicas de fundición. Nada que ver con la cultura musteriense del paleolítico medio; ni siquiera con las técnicas más avanzadas del paleolítico superior. —Pero en qué estoy pensando¿? Claro está que se trata de algo mucho más moderno y avanzado, ¡mucho más incluso que las construcciones actuales!— Eso no podía ser cosa de homínidos, ni siquiera cosa de humanos... Era una construcción pequeña, del tamaño de una casa normal, pero de corriente no tenía nada. Su techo era de una superficie brillante y totalmente lisa, como pulida; incluso reflectante, y no con forma de tejado tradicional sino plano, perpendicular a las paredes, por lo que tomaba ese tono azul reflejo del cielo. Las paredes casi no podía verlas, tan sólo las de un lado, ya que la visión casi cenital de la imagen se lo impedía. No parecían paredes muy altas, y lo que también sí pudo visualizar fue una pequeña puerta en una de ellas. —¡Una puerta!— Así que se quedó a esperar; estaba seguro de que en cualquier momento alguien saldría, o entraría, por aquella puerta.

Esperó y esperó, muchos segundos y algunos minutos, que para él eran como horas enteras. Decidió entonces capturar un vídeo de todo lo que estaba sucediendo en pantalla, para guardarlo y estudiarlo posteriormente con todo detalle, pues tenía la esperanza e incluso el presentimiento de que algo interesante ocurriría... Y por fin, la puerta se abrió. Se abrió con rapidez y del interior de la vivienda salió corriendo un hombre de Neandertal. Tropezó y calló al suelo, miró hacia atrás, para el interior de la casa y echó a correr hacia el bosque a toda prisa. Cristock lo siguió con la Lente durante unos segundos pero en seguida decidió volver a encuadrar la puerta de la casa; estaba claro que algo más saldría de ahí dentro. Y así fue, nada más pararse de nuevo en la puerta, que seguía abierta, salió otro neandertal, —Parece una mujer.—, que también echó a correr hacia el bosque. Luego apareció otro, y luego otro,... Una tribu entera de neandertales, de unos treinta miembros, salieron del interior de la extrañísima casa. Todos escaparon hacia el bosque, pero Cristock no se atrevió a seguir a ninguno de ellos. Se muere de ganas por saber hacia dónde van todos, pero más interés le procesa el saber de qué escapan todos ellos, y por eso continúa con la vista puesta en aquella puerta. —¡Ojala tuviera dos Telescopios...!—

Cuando por fin ya no salieron más neandertales del interior, se produjo una pequeña pausa y, entonces, un último personaje salió, miró rápidamente a su alrededor, entró de nuevo y cerró la puerta. Todo realizado con movimientos muy, muy esquemáticos. Pero... ¿quién era ese personaje? ¿Por qué iba vestido de esa forma tan extraña? ¿Y qué llevaba en lo alto de la cabeza? ... ¿Era un Homo Sapiens? No, eso desde luego que no. Los Sapiens son algo más altos que los neandertales, y esta persona, este ser, era incluso más bajo que un hombre de Neandertal. Y tampoco parecía uno de ellos en lo que a fisionomía respecta, a juzgar por los rasgos faciales que le pareció observar en ese breve espacio de tiempo y a esa cierta distancia y ángulo casi cenital. De hecho, fisonómicamente eran totalmente opuestos: los neandertales tienen la nariz muy grande y unos ojos escondidos bajo sus prominentes cejas, en cambio este hombre tenía ojos muy expresivos, grandes, y la nariz apenas se le apreciaba. En cuanto al ropaje, el extraño personaje llevaba una fantástica vestimenta ajustada al cuerpo, nada que ver con las pieles de animales que llevan los Homínidos. —Pero todavía tienen menos parecido con nuestra ropa actual…— También resaltaba, sobre todo, esa especie de turbante de color rojizo que el ser llevaba sujeto a la cabeza, lo que le daba más altura de la que en realidad tenía, pero ni así parecía ni más alto que los neandertales, quienes, según el libro de Cristock (y cualquier otro libro sobre el tema...), medían 1,65 metros de media. Por tanto, resumía Cristock, se trataba de un ser de metro y medio de altura a lo sumo, de complexión más bien débil y con rasgos faciales muy suaves e inquietantemente expresivos. Es todo lo que pudo comprobar en el par de segundos que el personaje "salió a escena".

—¡Se abre!— La puerta se abrió de nuevo. Parecía que Cristock iba a tener más tiempo para analizar al personaje con detenimiento. Y del interior salieron ahora dos, tres y hasta cuatro personajes; todos iguales, todos vestidos con ese traje de película de ciencia ficción. Todos con ese turbante... —No. No es un turbante, parece su propio pelo, un pelo rojo muy largo peinado hacia arriba, como si fueran disfrazados; de duendes...— Y los "duendes" miraron a un lado, miraron al otro y por último miraron hacia arriba, lo que a Cristock le impresionó de sobremanera, pues parece que le estén mirando fijamente a los ojos. Realmente lo parecía, a pesar de ser imposible ya que están a años luz de distancia. Se quedaron mucho rato mirando al cielo, quizás a algún pájaro. —Quizás miren al Sol, para guiarse en el tiempo. O puede que- …Dios, parece que estén mirando para mí… Estos tíos me están mirando a mí. ¡Me están mirando a mí!— Los pensamientos de Cristock empezaban a colapsarse ante semejante y grotesca desinformación constante.

Entonces, de pronto, entró Franklin por la puerta del observatorio y saludó, como siempre, con un ímpetu contagioso que levantó a Cristock de su asiento; impulso que aprovechó éste para apagar con disimulo el monitor principal. Se acercó Cristock a su compañero mientras lo saludaba, efusivo de más, disimulando su terror ante la situación. Franklin no era un experto astrónomo, pero comprendía bastante bien el funcionamiento del Telescopio y sus entresijos informáticos, al menos lo suficiente como para saber que, lo que Cristock estaba observando, no era la nebulosa de la que le había hablado. Si bien Cristock había apagado la pantalla principal, se podían leer datos como la distancia o las coordenadas en otras pantallas colindantes, y Franklin parecía haberse fijado en ello con cierta extrañeza.


Cristock se dirigió a la puerta, animando a Franklin a que le siguiera. —Te estaba esperando. Me muero de hambre…— Así que le invitó a cenar algo mientras tomaba un poco el aire. Parece haber dejado a Franklin con las ganas, pero enseguida éste, comensal antes que nada, recapacitó y cedió ante la petición de su amigo. Así pues, Franklin le siguió, pero no sin dejar de echar un último y fugaz vistazo a los paneles de información.